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Perfil: Paloma Porraz

Desde el nuevo museo Kaluz, cuya apertura está programada para este año, Paloma Porraz, directora del recinto, busca generar un espacio para crear comunidad.
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“Y ya que esté terminada, ¿harás que llueva?”, pregunta un guardia al joven artista Simphiwe Ndzube. Entre risas él responde: “Ya veremos, ya veremos”. Otro de los oficiales de seguridad sugiere: “Mejor deberías pedir que no llueva, aquí cuando llueve de más nos inundamos; tú sabes que todo esto se construyó sobre un lago, ¿verdad?”.

El grupo vuelve a reír. La escena transcurre en el zaguán del edificio que ocupaba el Hotel de Cortés, que se prepara para reabrir sus puertas como Museo Kaluz en la esquina de Hidalgo y Paseo de la Reforma, en el centro de la Ciudad de México. La conversación está motivada por la instalación en que Ndzube ha trabajado durante los últimos días en el patio, una versión de The Rain Prayers, pieza que montó por primera ocasión en su natal Sudáfrica, con la que alude tanto a la problemática ambiental de las sequías como al recuerdo de la sensación de protección, de pertenencia, que le producían los rituales con que su comunidad pretendía remediar la situación cuando él era niño. Simphiwe está ahí, en el zaguán, esperando al equipo que lo llevará a recorrer los tianguis de la zona en que espera encontrar los zapatos de segunda mano con que calzará al círculo que armó con la intersección irregular de pértigas que se utilizan para impulsar las trajineras en Xochimilco.

"La idea es remitir a los movimientos corporales de la danza con la manera en que estarán colocados guantes y sombrillas en el extremo superior y zapatos en el extremo inferior de los palos", explica el artista antes de partir.

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Días después, mientras cruzamos el patio rumbo a la sala en que la entrevistaré, Paloma Porraz, directora del museo, explica que The Rain Prayers, para entonces ya terminada, ejemplifica uno de sus objetivos al frente de este proyecto: convertir al patio en una sala más, dedicada a eventos académicos y piezas de arte comisionadas que dialoguen desde la contemporaneidad con la ubicación y la colección del Museo Kaluz, compuesta por arte mexicano de los siglos XIX y XX, reunidas por el empresario don Antonio del Valle. El hecho de que la colección tenga un fuerte componente de paisajismo, en especial de paisajismo lacustre, hizo que Paloma considerara relevante comisionar a Ndzube una versión de su pieza, pero también iniciar con ella una línea de trabajo que reflexione sobre temas ambientales desde el arte, un tema que considera no suficientemente atendido en México.

Ese diálogo entre lo histórico y lo contemporáneo, entre el contexto inmediato y lo global, entre las colecciones, las comisiones y los edificios que ocupan es una marca distintiva en la carrera de Paloma en el campo de los museos, que llega ya a las tres décadas, todas por cierto transcurridas en instituciones que se encuentran a una distancia menor a los dos kilómetros del Museo Kaluz.

Paloma llegó en 1989 al Museo Universitario del Chopo egresada de la licenciatura en Historia de la UNAM e interesada en algunos aspectos del siglo XIX en México que se manifestaban en ese edificio pero pronto migró su interés al arte contemporáneo por la programación de actividades del lugar, marcada de manera muy clara por su relación con la comunidad gay y la cultura underground. Convertida ya en curadora en jefe, buscó enriquecer esa vida comunitaria poniéndola a dialogar al mismo tiempo con la comunidad emergente del arte en México y con la historia del edificio como un museo de historia natural centrado en los accidentes de la naturaleza; un experimento en el que participaron, entre muchos otros, unos jovencísimos Abraham Cruzvillegas y Damián Ortega.

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La vitalidad de ese proyecto hizo que el doctor Gerardo Estrada, entonces director general del INBA, la invitara en el año 2000 a dotar de una nueva vocación al templo del convento de San Diego, que había ocupado la Pinacoteca Virreinal, cuya colección se acababa de trasladar al Museo Nacional de Arte. Fue en ese momento que Paloma decidió por primera vez, de manera consciente, desarrollar una práctica que se convertiría en marca de identidad de su trabajo: partir de una escucha cuidadosa del espacio y del análisis de las necesidades de las comunidades creativas, de los vacíos que señalan los proyectos emergentes.

Lo que en ese momento detectó Paloma era la carencia de un espacio dedicado al arte en medios electrónicos, que vivía ya un auge en países como Canadá, Alemania y Brasil y que empezaba a tener una producción nacional de importancia. Así nació Laboratorio Arte Alameda, institución que dirigió hasta 2004. Paloma recuerda el éxito inmediato de ese proyecto, que desde su apertura revitalizó la zona de la Alameda con una creciente y entusiasta comunidad que llegó atraída por la existencia de un espacio que desde su nombre apostaba por la experimentación.

En 2004 Paloma llegó a la coordinación de San Ildefonso y permanecería ahí hasta 2013, un periodo que recuerda como la mejor experiencia de su vida por el enorme sentido de pertenencia que genera ese espacio debido a su historia como escuela y a la influencia de los murales de José Clemente Orozco en muchos artistas contemporáneos invitados a trabajar ahí.

“Si trabajas escuchando al espacio, escuchando lo que busca el público y con la intención de atender vacíos vas a lograr generar una comunidad, sentido de pertenencia”. —Paloma Porraz

Provocar y acrecentar ese sentido de pertenencia se convirtió desde ese momento en una de las prioridades de la práctica profesional de Paloma, que en San Ildefonso logró gracias a un programa que combinaba exposiciones históricas con arte contemporáneo para satisfacer la enorme diversidad de públicos que caracteriza al Centro Histórico.

Las reacciones e incluso el entusiasmo generado por exposiciones como las de David Lachapelle (“Delirios de la Razón”, 2009) y Ron Mueck (“Hiperrealismo de alto impacto”, 2011) le dejaron a Paloma una certeza: “El público es abierto; si tú le propones una oferta cultural bien pensada, la gente la sabrá asimilar y apreciar. De hecho, mientras más abierta y más plural sea la propuesta, la gente reaccionará mejor”.

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Una breve estancia en la dirección de Proyectos especiales de la Secretaría de Relaciones Exteriores mantendría a Paloma en contacto con la Alameda y el Centro Histórico desde otra perspectiva, y con una distancia que le permitió reflexionar sobre la suerte que hay en México para trabajar en edificios históricos con amplios márgenes de libertad. “Si trabajas escuchando al espacio, escuchando lo que busca el público y con la intención de atender vacíos vas a lograr generar una comunidad, sentido de pertenencia”.

Para ella no se puede trabajar de otra manera —imponiendo un programa— y por eso su prioridad en Kaluz es trabajar aprovechando toda esa experiencia para relacionar la colección con lo que está sucediendo en el entorno del museo en distintas dimensiones; aprovechar comisiones de piezas, relecturas del acervo y seminarios y talleres para abordar lo mismo el pasado colonial de la zona, con sus instituciones hospitalarias, como el teatro de carpa de la época posrevolucionaria, tomando como pretexto tanto el retrato de Esperanza Iris, que forma parte de la colección, como el hecho de que el comediante Germán Valdés “Tintán” haya nacido justo en el edificio que ocupa el museo. “Tampoco se puede ignorar la cercanía con San Hipólito y el culto a San Judas Tadeo”, señala Paloma, para rematar enfática: “Hay mucha historia como para dedicarse a una sola cosa. Necesitamos escuchar al lugar para volver a generar comunidad”.

La entrevista termina y llega el momento de hacer el retrato. Mientras caminamos hacia el patio, Jair, el fotógrafo, comenta: “Los estuve escuchando y me interesó mucho la propuesta de relacionar la oferta del museo con su contexto; a mí, por ejemplo, me intriga desde hace tiempo cómo fue que el templo de San Hipólito se convirtió en la sede del culto a San Juditas; cómo cobró tanta relevancia”; como también sucede, por cierto, con el culto a la Santa Muerte, aquí, relativamente cerca, a espaldas de Palacio Nacional. “Ese es otro fenómeno interesante”, comenta Paloma, para después preguntar: “¿Por qué te interesa tanto la zona?” “Soy de la Obrera”, responde Jair; “De hecho he estado cerca de los grupos culturales de Tepito”. “Deberías acercarnos a ellos”, le pide Paloma, y de inmediato me comenta: “¿Ves? De esto se trata todo”.

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