Moda

Trend: De flores y arena

El caqui, que reina desde hace años en cada transición entre temporadas, se presenta ahora con siluetas de indiscutible estructura arquitectónica.
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Dice el libro del Eclesiastés: “Lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará; no hay nada nuevo bajo el sol”. Dice la vox populi que la anterior, con seguridad una de las frases más célebres del Antiguo Testamento, es nada más que la verdad. Y bien debe coincidir con eso la industria de la moda, que cada temporada —y en cada prenda— no nos presenta más que una u otra reinterpretación de algo ya visto (¿hace cuánto no se inventa una pieza rompedora, que revolucione los guardarropas del mundo?) aunque de un modo que, al menos por un instante, desafía lo dicho y se percibe completamente nuevo.
 

Hay que tener eso en mente al hablar del caqui, que en las pasarelas lleva años siendo cortinilla de transición entre el invierno y la primavera vía las colecciones Resort. Su presencia actual en las calles, en los escaparates y en los talleres de los mejores diseñadores del orbe no es una novedad. Pero la forma en la que cada año se transforma para ofrecer algo distinto, sin duda sorprende.

 

Por lo regular aplicado a prendas prácticas, cómodas y utilitarias, el caqui difícilmente puede ser desligado de su origen militar —las tropas británicas lo introdujeron a los uniformes de los soldados desde 1848, y desde entonces esa asociación permanece firme en la conciencia colectiva—; sin embargo, la evolución que ha tenido como consecuencia de su uso constante permite vislumbrar cada vez más desapego a esas raíces. Para muestra, no un botón, sino una gabardina completa, una de Céline que mantiene las formas conocidas, pero que al sufrir ligeras modificaciones en su corte y estructura, se presenta como una prenda que, aunque no deja su halo familiar, sin duda busca renovar la silueta que luce más suave y volátil, mucho menos rígida de lo acostumbrado. La sensación que da la construcción de la prenda es, podría decirse, arquitectónica y orgánica. Por esas formas y esas características recuerda, de hecho, a los discos superpuestos del Museo Nacional de Qatar que se inaugurará en diciembre de este año. Diseñado por el laureado arquitecto francés Jean Nouvel —premio Pritzker 2008— el inmueble está inspirado por las rosas del desierto, formaciones rocosas hechas de yeso, agua, arena y tiempo cuyos cristales lenticulares recuerdan a los pétalos de las flores. Hay aquí una idea compleja que nos deja ver las nuevas intenciones que los diseñadores tienen para el caqui: la dureza militar aún está presente, pero va desdibujándose como la hostilidad de las dunas se pierde al ser interrumpidas por un museo. Las prendas son como las rosas del desierto que son roca y flor y que, pese a ser concebidas como algo duro y tosco, son, en realidad, tan suaves y delicadas como la arena de la que toman el color.

La presencia actual del caqui en las calles, en los escaparates y en los talleres de los mejores diseñadores del orbe no es una novedad. Pero la forma en la que cada año se transforma para ofrecer algo distinto, sin duda sorprende.

Céline reina en esta nueva concepción y lo que hizo a la gabardina —un objetivo que también persiguen Isabel Marant, Balenciaga y Ellery— se lo hace también a trajes sastre, a pantalones y a faldas. Derek Lam parece ir por la misma vereda estética que conjuga la tradición marcial con la nueva idea quién sabe si más femenina, pero sí más refinada y amable del caqui que, en su colección Resort, es representado por un chaleco largo que toma su forma de los trench coats.
 

Con la mente en la tierra, Jonathan Simkhai sí continúa poniendo atención a lo utilitario, pero lo saca del campo de batalla para llevarlo a las montañas o a las praderas americanas con atuendos como de leñadores futuristas. Con este mismo carácter bucólico vemos que Phillip Lim trata al caqui en su colección influenciada por las prendas de los campesinos africanos retratados por la fotógrafa Jackie Nickerson en su serie Farm, publicada en un libro homónimo en el año 2002. Marni parece partir de ese mismo punto, pero lo lleva también a lo urbano; las suyas son prendas que están a punto de ser industriales, pero que al final no se permiten serlo. Francesco Risso, director creativo, ha dicho sobre esa propuesta que es “una mezcla de opulencia y geometría que resulta dramática como un oxímoron visual”. Joseph y See by Chloé, quizá por sus texturas de tejido y cuero que se sienten rústicas, tienen un aire nostálgico, cálido, como para darle una despedida lenta al invierno.

 

Para reforzar la idea de la transformación de lo utilitario en lo poético, hay que poner atención a la colección de A.W.A.K.E., donde la diseñadora y editora Natalia Alaverdian deconstruye una muy práctica camisa para hacerla parte y ornamento de un conjunto-vestido alternativo que parece reírse de la seriedad con la que ha sido tratado el caqui al proponerlo como un nuevo lienzo sobre el cual experimentar.
 

Quizá no haya nada nuevo bajo el sol, pero a veces parece haberlo.
 

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