Moda

El valor de un botón

por Mónica Isabel Pérez
29.06.2017
Aparecen como una constante imposible de pasar por alto en las colecciones pre-fall. Sirva la tendencia como pretexto para hacer un muy breve recorrido por la historia de una de las más poderosas, aunque minúsculas, herramientas de la moda.

La joven diseñadora australiana Kym Ellery lleva ya algunas temporadas jugando con los botones en las colecciones de la firma que lleva su apellido. Y es que, al parecer, las siluetas estructuradas, arquitectónicas y lujosas que suele presentar, han encontrado un gran aliado en estos viejos elementos que, además de cumplir con su función de cierre y ajuste, le dan un toque lúdico a los diseños. En las piezas de Ellery —en especial en las que ha presentado en las pasarelas pre-fall—, los botones son grandes e indiscretos. Incluso buscan llamar la atención por medio del contraste. El mejor ejemplo, un magnífico abrigo naranja que destaca del conjunto gracias —en parte— a los enormes botones planos de dos agujeros que, apareciendo en la línea central, los bolsillos y las mangas, sobresalen por su blancura y estilo minimalista.

 

Al igual que otros diseñadores que han experimentado con ellos esta temporada, Ellery nos ha permitido hablar de los botones —y observarlos— como si se trataran de algo nuevo. Nada más alejado de la realidad, ya que son objetos casi tan antiguos como la ropa misma. Hay —según la Enciclopedia de la historia de la tecnología, editada por Ian McNeil— botones de hasta cinco mil años de antigüedad que, hechos de conchas, fueron encontrados a orillas del río Indo, en el territorio que actualmente es Pakistán. Sorprende que en aquel entonces no tenían una función práctica. Cuando nacieron, los botones no eran más que adornos, y como eso fueron evolucionando. “Hubo un incremento gradual del uso de los botones en la Edad Media, en particular para usos decorativos”, menciona McNeil. Aunque los romanos también los usaron en las ropas que se llevaron a lo largo de todo lo que duró su gran imperio, los botones medievales llaman la atención hasta hoy por lo minuciosos que eran los detalles que ostentaban. Eran obras de arte en miniatura, muchas veces con paisajes o retratos grabados o pintados. Estaban hechos de materiales de lujo: oro, plata, marfil, porcelana o madreperla. Según cuenta la periodista Jude Stewart en su artículo “The Button: A Visual History of the World’s Sexiest Fastening” publicado en la revista Slate, “durante el periodo medieval, usar muchos botones significaba abundancia económica. El coleccionista Franco Jacassi la describe como una época en la que se podía pagar una deuda con solo quitarle un precioso botón a un traje. Los italianos aún describen las salas donde se reúnen los poderosos como stanze dei bottoni, “salones de botones”.

 

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Opening Ceremony
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Joseph
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Stella McCartney
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Proenza Schouler
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Paco Rabanne
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Ellery
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Balenciaga
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Ports 1961
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Después de años en el anonimato por ínfimos y comunes, los botones recuperan hoy un poco de sus glorias pasadas y reciben, por fin, la atención que merecen los pequeños detalles: partículas de sofisticación que hacen la diferencia...

Retomando a McNeil, el estatus de los botones como un símbolo de lujo se acabó con su “democratización”. “En el siglo xviii”, dice el autor, “la producción mecanizada provocó una consecuente reducción de precios, lo que popularizó el producto”. Los botones, que ya se usaban también de manera práctica para ajustar mejor las prendas al cuerpo, se volvieron entonces objetos de uso común, e incluso comenzaron a ser considerados baratijas. Pero, pese a que su valor económico ya no era relevante, su presencia cultural se iba haciendo cada vez más notoria. Que los niños aprendan a abotonarse la ropa sigue siendo hasta hoy uno de sus primeros actos de independencia y representa un primer paso en la relación que desarrollan con la vestimenta; abotonarse también implica prepararse para una acción retadora, como ir a una guerra —literal o metafórica— o para enfrentarse a un clima adverso. Desabotonarse, en cambio, se relaciona con el descanso, la relajación y también con el arrebato. Decía el poeta argentino Oliverio Girondo que, entre los tipos de amor, hay uno “que arranca los botones de los botines”. En el lenguaje cinematográfico, basta ver que una persona quita un par de botones de la prenda de otra para asumir lo que pasará entre ellas. Los botones son funcionales, ornamentales y, como bien apuntó Jude Stewart, son sexis. También son unos supervivientes. Ni el cierre ni el velcro ni las agujetas han acabado con su reinado.

 

“Para muestra, un botón”, dice el dicho, y esta temporada hay muchos que prueban, por sí mismos, su alto valor práctico y estético. Ya sea usados de modo clásico, como hace Joseph en sus chaquetas y gabardinas; como un statement al estilo de Ellery, que comparten firmas como Opening Ceremony, Sportmax, Ports 1961 y Proenza Schouler; extrañamente discretos en el caso de Balenciaga; elegantes y como rescatando el espíritu del medioevo al estilo que propone la casa Fendi; o como un elemento poderoso en el aspecto decorativo, tal como se aprecia en los diseños que presentaron Paco Rabanne y Stella McCartney, quienes los eligieron en versiones metálicas y a presión. Después de años en el anonimato por ínfimos y comunes, los botones recuperan hoy un poco de sus glorias pasadas y reciben, por fin, la atención que merecen los pequeños detalles: partículas de sofisticación que hacen la diferencia cuando, en suma, dan forma a lo que hoy concebimos como lujo y elegancia.

 

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