Moda

Atar, teñir, liberar

La tendencia tie-dye regresa con el mismo ánimo de protesta que él de su origen en los años sesenta.
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A 50 años de Woodstock, el festival de la contracultura y la antimoda, su fantasma arcoiris ha impregnado a los tejidos de temporada. Regresa con el tie-dye, técnica conocida por su popularización entre las comunidades hippies norteamericanas en los años sesenta. A estas alturas no es un secreto que el sistema de la moda vive de la reinterpretación de su pasado. Después de todo, la memoria es el más grande ejercicio creativo. El significado de este retorno toma como pretexto su versatilidad, por lo bien que se lleva con logos y frases millennials. Nos han dicho ya cómo podríamos llevarlo, dentro y fuera de la pasarela. Lo más interesante, sin embargo, está en la multiplicidad de lecturas sociales y políticas que ha traído al presente.

En el guardarropa de primavera/verano de 2019, la psicodelia está en los pantalones vaqueros con manchas irregulares de Eckhaus Latta, en los blazers encendidos de R13, en los sutiles degradados sedosos de John Elliot. Ya desde primavera/verano de 2018, Maria Grazia Chiuri lo incorporó en versiones caleidoscópicas sobre florales; Miuccia Prada lo contrastó con la rígida estructura de los vestidos mod y un toque de ornamentos brillantes, mientras que Stella McCartney recuperó la técnica sobre el trasfondo utilitario de un boilersuit, un gesto ideológicamente contradictorio que resulta estéticamente audaz. Lo mismo con el look que presentó en la misma pasarela: una camiseta de tie-dye neutro, asimilada con pantalones combativos. Tanta paz y, a la vez, tanta militancia.

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Proenza Schouler | Paco Rabanne | Prada

Sucede con el tie-dye que su autoría no puede adjudicarse a nadie en especial, como la historia registró con el Nuevo Look de Christian Dior o la minifalda de Mary Quant. Se trata de un acto de atar y teñir que fue de todos, de nadie. Del colectivo. Una figura anónima que proponía pertenecer a una comunidad pacífica. El rosa, el azul, el rojo, el violeta y todos los colores formaban figuras imperfectas para imaginar una ideología libertaria, profundamente amorosa, apolítica por convicción y cercana al anarquismo. Esta técnica fue parte de una verdadera antimoda, término que la socióloga de moda Susana Saulquin define como «la moda hecha protesta». Para Alistair O’Neill, profesor de teoría e historia de la moda en Central Saint Martins, el tie-dye como lo conocemos fue adoptado en Estados Unidos a finales de los años sesenta. Según mencionó en una entrevista para The Guardian, quienes comenzaron a usarla fueron hippies interesados en usar telas folclóricas y tribales de segunda mano. De este modo se sugería una forma de vestimenta alternativa a la producción para las masas. En realidad, se trata de un estilo anticonsumista nutrido de técnicas que habían sido previamente usadas durante siglos en países como Japón, donde se le conoce desde hace más de mil años como «shibori».

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De vuelta en sus tiempos, el tie-dye era visto como un símbolo de contracultura, un vórtice de la indumentaria para sanar a los disconformes de la Guerra de Vietnam y demás traumas disciplinarios de la década de los cincuenta. Era, pues, un ensayo sobre la libertad de hombres y mujeres que deseaban vivir un nuevo momento histórico. Inolvidable, la imagen de una joven Janis Joplin sobre el pasto de Woodstock, envuelta en un total tie-dye mientras se servía un vaso –un vaso, sí– de champaña de etiqueta amarilla. Sin saberlo anticipaba la idea actual del lujo: el  placer de la expresión e individualidad. Cada prenda, un propio universo caótico, irrepetible.

En La lentitud, de Milan Kundera, el escritor checo escribió que hay lazos secretos entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el olvido. Por una parte, esta técnica pide calma ante la aceleración en los ritmos de la moda, de los flujos informativos y la abundante proliferación de imágenes. En otra lectura de estas formas abstractas y coloridas, el tie-dye tiene la particularidad de transparentar el delicado paso del tiempo en el contexto de una industria del lujo que hoy valora los procesos artesanales para aportar una plusvalía a la hechura de las prendas.

Hoy que el arcoiris textil vive un nuevo auge, la administración de Donald Trump emana importantes tensiones con un lastimado Venezuela, e incluso con Corea del Norte. A nivel bélico, Irán se encuentra bajo la mira del territorio en el que apenas unas décadas atrás, John Lennon pedía, rogaba, imaginar algo más. En México, los diversos colores que pasan de Guatemala para mezclarse con nuestra diversidad están totalmente bloqueados. Más que eso, amenazados. En medio, un muro desprovisto de pigmentos.

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Stella McCartney | MSGM | Calvin Klein 205W39NYC

Si la moda es síntoma, el tie-dye aparece en la escena con un dolor parecido al que se vivió en la década de las protestas mencionadas.En Estados Unidos, años de lucha y demanda social vieron nacer los colores de sectores de la sociedad que cuestionaban el «modo de vida americano». Así los hippies, así las feministas, así las black panthers y grupos estudiantiles en todo el mundo pugnaban por un nuevo ánimo contestatario y transformador. Y es precisamente este ánimo el que persiste desde los nuevos movimientos sociales, online y offline. Desde la visibilización del #MeToo hasta la contra- banalización de las marchas LGBT que atraviesan el globo en algunas sociedades.

No se confunda, por supuesto, el reflejo que la moda tiene respecto a las luchas con sus propias motivaciones. La resistencia está allá afuera, siempre lo ha estado. Por encima de camisetas que rezan frases feministas, como las que propuso Christian Dior hace tiempo, o campañas que evocan al mayo del 68 –pensemos en la reciente Gucci On the Street–, sin mencionar la polémica pasarela que el difunto Karl Lagerfeld orquestó en 2015, con modelos portando pancartas en una ficción feminista. Y sin embargo, hay rasgos esperanzadores en la mercantilización de las ideologías. La paradoja es absoluta; la ironía, risible. Pero acaso es innegable: las preocupaciones que hoy atraviesan al medio de la moda se abren paso, imparables, en los prismas de la opinión pública.

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