La otra foto de Avedon - L'Officiel
Arte y Cultura

La otra foto de Avedon

Todos hemos admirado la fotografía que nos dejó. Ahora es tiempo de leer su historia en la nueva biografía Avedon: Something Personal.
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Si encontrar al amor de tu vida con todo lo que conlleva en términos de lealtad, respeto y tolerancia te parece complicado, trata de encontrar a la mano derecha de tu carrera. La tarea se vuelve todavía más difícil si resultas ser un genio en tu profesión, porque además de poner en práctica las bondades anteriores, tu otra mitad debería tener una cualidad que no todo el mundo posee: la capacidad de entender que siempre le va tocar dar y sacrificar más que al otro en la relación. Generosidad sin límites, algo parecido a disfrutar estando "en la sombra". A pesar de las dificultades, esas relaciones a veces funcionan. Norma Stevens, directora del Avedon Studio desde 1976 hasta 2014 (y coescritora junto al editor Steven M. L. Aronson de la última biografía del fotógrafo, publicada por Spiegel & Grau), fue algo más que la mano derecha de un icono.

“Vamos a hacer mucho dinero juntos y lo vamos a pasar muy bien”, vaticinó el neoyorquino el día que convenció a Stevens para subirse a su barco. No se equivocaba. Avedon adoraba el dinero (el que percibía por sus trabajos tanto como el que exigía a la hora de producirlos) de la misma forma que ansiaba el reconocimiento. De hecho, es probable que considerara el primer aspecto condición indispensable para alcanzar el segundo. Por ese último acabó detestando hacer trabajos relacionados con la moda, porque por considerarse comerciales le resultó mucho más difícil que lo trataran como un artista.

Si hay algo que despierta este relato es nostalgia. También un poco de envidia, por aquello de no haber llegado a tiempo a la fiesta: perderse la cara de Avedon cuando Diana Vreeland le llamaba “Aberdeen”, o los preparativos y las campañas de Calvin Klein y Versace (el primero nunca estuvo de acuerdo con que Avedon se llevara todo el crédito de las campañas de jeans y perfumes que hicieron juntos, y tras el fallecimiento de Gianni, Dontella simplemente decidió prescindir de sus servicios), o el día en que convenció a Stephanie Seymour para exponer y capturar su pubis ante sus alumnos de fotografía o su regreso en 1995 después de años sin hacer editoriales de moda con In Memory of the Late Mr. and Mrs. Comfort. O el momento en el que fotografió a la modelo Nadja Auermann durante seis semanas en un escenario posapocalíptico que le costó a la revista The New Yorker una cifra que superaba los siete dígitos. Mucho menos hablemos entonces del momento en que capturó a Dovima entre elefantes en 1955 o cuando su vanidad se topó con dos ancianas especulando sobre la edad que tendría en el tríptico que abría su segunda exposición en el Museo Metropolitano de Nueva York en 2002: una aseguraba que el protagonista debía de tener más de 60 años. La otra, que por lo menos 65. Las dos estaban equivocadas iba en camino a los 80 años.

Hay ciertas cosas que difícilmente podrían reproducirse en la carrera de un fotógrafo estrella actualmente. La duración de su reinado por ejemplo, que por más de cinco décadas se vio amenazado por Irving Penn, el único fotógrafo al que consideró verdadera competencia. También estaban Bruce Weber y Steven Meisel, pero ninguno logró arrebatárselo ni crear un fenómeno semejante. Eso si, logro mantener al margen su vida privada, a pesar de haber sido interpretado en el cine por su actor favorito, Fred Astaire, en la película de 1957 Funny Face. Hoy, con el interés general que parece despertar la industria de la moda (sobre todo aquello que trata de esconder), todos esos aspectos habrían volado por los aires con la ayuda de Internet y las redes sociales.

Hazme un Avedon’”

Aunque Norma Stevens trató de cumplir la voluntad de Avedon cuando le pidió que escribiese sus memorias (“No seas buena. No quiero un tributo, quiero un retrato. Hazme un Avedon”), es evidente que se deja llevar por el cariño. Sus palabras son las de una vieja amiga, prácticamente las de una hermana que no puede ser objetiva y que es benevolente hasta en los episodios más truculentos. Para bien y para mal, más reveladoras son las historias de sus colaboradores. Todos sus asistentes, por ejemplo, aseguran que trabajar a su lado cambió para siempre sus carreras, pero algunos afirman que cuando no eran capaces de seguirle el ritmo en el set podía llegar a darles una patada. Iluminadores son también los recuerdos de Renata Adler (“Parecía que podía transmitir al espectador una enfermedad contagiosa a través de la fotografía”, cuenta sobre uno de los retratos que le hizo Avedon), los párrafos en los que se hace evidente el enamoramiento que sufrió la estilista Polly Mellen durante los años que colaboraron en Vogue o cómo describe China Machado el viaje a Ibiza que emprendieron para fotografiar a Naty y Ana Abascal para el número de enero de 1965 de Harper’s Bazaar.

En la sucesión de capítulos (el libro está organizado por temas, sin seguir la historia cronológicamente) se revelan tantos secretos que a veces no son agradables de leer. Cuestiones compartidas en arranques de sinceridad en habitaciones de hotel de todo el mundo a altas horas de la madrugada, contadas de una forma que te convierte en confidente en la misma medida que en propagador de chismes. La forma en que maquilló su infancia, el complejo que le inculcó su padre para no parecer nunca “demasiado judío”, la inapropiada relación que mantuvo con su hermana o sus dos fracasos matrimoniales. Por no mencionar el pasaje en el que Stevens recoge cómo le confesó su homosexualidad y describe las supuestas dos relaciones que mantuvo en secreto con el cineasta Mike Nichols y un abogado que nada tenía que ver con su mundo.

Cuesta creer que el fotógrafo quisiera ver su intimidad expuesta de esta manera, sobre todo cuando sacrificó su vida personal para salvaguardar su imagen, para que su persona no desviara nunca la atención de su prioridad absoluta: su trabajo. La publicación del libro no ha estado libre de polémica: la Fundación Richard Avedon solicitó a la editorial que parara “su publicación, distribución y cualquier uso derivativo o colateral” por estar “lleno de incontables inexactitudes”. La fundación, que fue dirigida por la coautora desde su inauguración en 2004 hasta 2009, asegura que el libro se basa en una obra de ficción que el propio Richard Avedon estaba preparando con Doon Arbus (la hija de Diane Arbus) cuando le sorprendió la muerte en un viaje de trabajo en Texas. ¿La mejor parte de este conflicto? Que Avedon, amante de los escándalos, habría disfrutado de los ríos de tinta que ha hecho correr este. Y se lo habría tomado con sentido del humor, porque el artista que revolucionó la fotografía con sus imágenes de moda en movimiento y sus retratos minimalistas deseaba acabar convertido en un Avedon. “Todas las fotografías son ciertas. Pero ninguna es la verdad”. Las páginas de este libro son en parte biografía, en parte memoria y en parte historia oral. Impresiones, en definitiva, para que puedas formar la tuya.

 

 

Imágenes cortesía de Spiegel & Grau 

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