La Ibiza de los Broner - L'Officiel
Arte y Cultura

La Ibiza de los Broner

A comienzos de los años cincuenta, el arquitecto y pintor alemán Erwin Broner se instaló con su esposa, Gisela, en Ibiza: un lugar que supo acoger a los artistas extranjeros de la generación beat, a pesar de vivir a años luz del resto del mundo.
Reading time 8 minutes

Hubo un tiempo en el que, por Ibiza, en contraste con el blanco inmaculado de sus casas encaladas, pululaban tonos grises, ocres y negros que mandaban en el guardarropa de los campesinos como si fueran su segunda piel. Ellas apenas mostrando un centímetro de anatomía, oculta bajo faldas hasta los pies y pañuelos que cubrían su cabello, casi siempre recogido en una infinita trenza. Ellos, abrigados con tejidos ásperos y sombreros de paja para mitigar el sol de la isla. Cómo imaginar entonces que, unas décadas después, la moda adlib vendría para enseñarlo todo, democratizando pechos, ombligos y muslos entre las miradas indiscretas... 

Hubo un tiempo en el que los carros tirados por burros conducían a la gente por caminos de tierra de Santa Gertrudis, San Antonio o el mismísimo paseo de Vara del Rey. O que desde las playas vírgenes solo se divisaban pequeñas barcas de pescadores, sencillamente porque a quién se le iba a ocurrir bañarse en aquel Mediterráneo ¡y menos medio desnudos! 

Hubo un tiempo en el que los pitiusos ni en su peor pesadilla soñaban con recibir hordas de turistas. Y en el que los extranjeros que viajaban a la isla —y no digamos los que se instalaron en ella— podían contarse casi con los dedos de ambas manos. Erwin Broner, arquitecto y pintor alemán, fue uno de ellos. Llegó a Ibiza en 1933, con 36 años, huyendo del nazismo. No fue el único. Como él, otros muchos artistas e intelectuales judíos (como el filósofo Walter Benjamin, el pintor Will Faber o el fotógrafo Raoul Hausmann) pusieron tierra de por medio al horror nazi y encontraron allí un refugio perfecto. Lo de Broner con la isla blanca fue un flechazo. Sin dinero (el régimen de Hitler le había confiscado todas sus posesiones) y separado de su primera mujer, había decidido establecerse en Mallorca. Sin embargo, el barco de vapor que le trasladaba de Barcelona a su destino se detuvo unas horas en Ibiza. En ese mismo instante, se enamoró de aquel lugar asilvestrado donde el tiempo parecía haberse detenido. Y allí se quedó, aunque la guerra civil española acabó con su particular Arcadia, y le obligó de nuevo a hacer las maletas, entonces rumbo a Nueva York. Allí conocería a Gisela Strauss, una brasileña de padre alemán que sería su tercera (y definitiva) esposa. 

Convertidos en ciudadanos estadounidenses, algún tiempo después los Broner decidieron que se estaba mejor en la vieja Europa. Y se mudaron a París. Ahora bien, en plena posguerra mundial ansiaban encontrar un lugar que aún conservara un auténtico espíritu libre, donde vivir a su aire. No tuvieron que pensar demasiado, y en 1951 el matrimonio se instaló en Ibiza. Erwin seguía enamorado de la isla, aunque a Gisela le costó algo más. Reconocía la belleza del paisaje, pero eso no la impresionaba demasiado, ya que habían estado viajando antes por pueblos del Ampurdán y la Costa Brava que no desmerecían en absoluto. Aunque hubo algo que marcaba la diferencia, según contó poco antes de morir, en 2005: “Sí me llamaron la atención la forma de vida, las costumbres de los ibicencos, su arcaísmo en general, lo fantástico que era ir en bici o andando a todas partes. Era una vida muy relajada”. También le chocaban cosas tan cotidianas como hacer la compra (¡sin bolsas de plástico!) y que mezclaran verduras, carne y pescado que, para su sorpresa, envolvían en papel de periódico... 

En aquella Ibiza un tanto salvaje y muy barata, donde esos campesinos vestidos como sus abuelos convivían con los extranjeros a quienes miraban un poco por encima del hombro, pero tolerando sus rarezas (entre las que se incluía la costumbre del baño diario), Erwin y Gisela Broner hallaron la felicidad. Y como ellos otros bohemios de la generación beat, precursores de los hippies que vendrían una década después. La primera casa en la que se acomodaron no tenía agua caliente; tampoco luz hasta las siete de la tarde, cuando podían disponer de fluido eléctrico durante un par de horas. Con ayuda de un fontanero, el arquitecto construyó una ducha en un acantilado: suficiente para asearse, aunque fuera con agua fría... 

Los escasos foráneos que había en la isla hicieron amistad entre sí. En especial, los que compartían inquietudes artísticas, como el alemán Heinz Trökes, el sueco Bertil Sjoeberg o la rusa Katja Meirowsky, entre otros, con los que Broner formaría el grupo Ibiza’59 junto al ceramista español Antonio Ruiz. Los unía la preocupación por su tiempo, su modo de ver el arte y la literatura y, por supuesto, su pasión por Ibiza. Su primera exposición se celebró en el barrio de Dalt Vila, en El Corsario, una antigua casa señorial del siglo XVII reconvertida en 1954 en galería de arte y transformada hoy en restaurante y alojamiento de lujo. 

Sin embargo, la actividad profesional de Erwin no solo se centró en la pintura. Como arquitecto en activo, las casas ibicencas despertaron su interés. Tanto que recorrió la isla en bicicleta fotografiando todas las que pudo y estudiándolas. “Las viviendas de los campesinos constituyen una sorpresa para el arquitecto moderno, que queda entusiasmado ante la simplicidad y sencillez que representan estas construcciones del campo”, llegó a manifestar. Ahora bien, a la hora de construir su propia casa, los Broner eligieron la ciudad de Ibiza y, más concretamente, Sa Penya, el barrio de pescadores. Y allí, en su acantilado, en 1960, levantó el que sería su hogar hasta su muerte, once años después. Casa Broner, como es conocida, aunó lo mejor de la arquitectura racionalista –con claras referencias a la Bauhaus– con las construcciones isleñas: vigas de madera de sabina, muros pintados de blanco, líneas rectas y un absoluto respeto formal por el entorno. Según confesó la propia Gisela en una entrevista mucho después, aquella casa fue el sueño de la pareja: “Siempre estaba llena de amigos de todas las esferas profesionales, así como de los artistas del grupo. Venían de todo el mundo a visitarnos. Era una casa llena de vida”. 

Tras la muerte de su marido, en 1971, Gisela permaneció en aquel espacio ideado por ambos. De hecho, fue su única residencia en la isla hasta que murió, a los 93 años, no sin antes cederla a la ciudad en su testamento. Un hogar levantado a modo de balcón sobre el Mediterráneo, que, con el tiempo, vería crecer Ibiza hasta transformarse en templo del movimiento ad libitum primero; también en escenario de los estragos propiciados por la heroína en los años 80, cuando yonquis y camellos convirtieron el barrio de Sa Penya en su refugio... Tiempos duros en los que la viuda del artista sintió la tentación de marcharse. Sin embargo, algo más poderoso la hacía quedarse: “Esta era la casa de mis sueños, en la isla de mis sueños”. 

Han pasado casi setenta años desde que los Broner unieron sus vidas a Ibiza, hoy uno de los lugares más cosmopolitas del planeta. Por sus calles ya no pasean mujeres tapadas de pies a cabeza, ni resulta extraño ver extranjeros bañándose ligeros de ropa en sus maravillosas calas y, mucho menos, dándolo todo en la pista de cualquiera de sus lujosos hoteles discoteca. Por suerte, basta visitar Casa Broner para comprender que el espíritu de aquella isla libre, pero también tranquila, es aún posible; un lugar donde, más allá de la cultura clubber, como por arte de magia, el tiempo vuelve a detenerse. 

Entradas relacionadas

Entradas recomendadas