Arte y Cultura

Carlos Amorales, de lo abstracto a lo figurativo

por Mónica Isabel Pérez
05.05.2017
«Es un momento de vacío, de extrañamiento…», dice el artista mexicano Carlos Amorales sobre su obra La vida en los pliegues, que representará a nuestro país en la 57 Bienal de Venecia. De esta pieza, del lenguaje y de la belleza, habla en esta entrevista.

Fotografía Cuauhtémoc García 

Estamos en una época de mucha confusión. No solo en niveles personales, sino en todo lo que vemos: en las rarísimas alianzas entre los partidos políticos, en la hiperradicalidad de Trump, en lo que escuchamos sobre los rusos… Todo es confuso y difícil, y que lo sea tiene que ver con toda la información que recibimos en internet: un flujo de noticias complicadas y paradójicas que nos paralizan. Pero creo que es posible —desde el arte— plantear un espacio de vacío donde esa información no esté circulando todo el tiempo y eso nos permita verlo todo de otra forma». Para crear el vacío que menciona —que se antoja extraño, pero reconfortante— el artista Carlos Amorales (Ciudad de México, 1970), quien es representado por la galería kurimanzutto, construyó su obra La vida en los pliegues con un lenguaje formal pero indescifrable, creado a partir de formas abstractas que, sin embargo, conforman algo concreto: un alfabeto encriptado.

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«Es algo muy típico en el arte empezar trabajando figurativamente y luego volverte abstracto. Di ese paso hace unos años y ahora regreso de lo abstracto a la figurativo. La idea no es abstraerme más y volverme más complejo, sino ir simplificando y casi llegar a contar una historia. (En La vida en los pliegues) usé formas abstractas como principios —formas que hice a partir de recortes de papel— y de ahí fui generando distintas cosas. Primero unos collages, cuyos elementos usé para hacer un alfabeto; luego escribí con ese alfabeto, después hice instrumentos musicales —unas ocarinas con las que las formas se hicieron tridimensionales—, y luego se juntó todo y se hizo una película». La obra es, por lo tanto, la unión de cinco piezas que tienen como común denominador las formas que las conforman y que, dependiendo de su aplicación, pueden ser pintura, película, poema o melodía.

 

« Es algo muy típico en el arte empezar trabajando figurativamente y luego volverte abstracto. Di ese paso hace unos años y ahora regreso de lo abstracto a la figurativo... ».

Así, en el Pabellón curado por Pablo León de la Barra con el que México celebra 10 años de presencia en la Exposición Internacional de Arte de la Bienal de Venecia, podrá verse una pintura de la serie El esplendor geométrico —en la que Amorales originó las formas de las que nació La vida en los pliegues—, una serie de textos y poemas encriptados escritos in situ, una partitura cuyos sonidos se interpretarán por un ensamble de ocarinas —construidas con las mismas formas con las que aquí está hecho todo— y la película La aldea maldita, cuya historia es conmovedora y pertinente: «Trata de una familia de migrantes que llega a una aldea donde se empieza a generar un rumor sobre ellos y los acaban linchando. Todo está hecho con muñequitos, son títeres, es una cosa muy dulce, no es realismo, pero la historia es muy clara sobre un problema global. No solo hay migración entre México y Estados Unidos —la hay en muchas fronteras—, aunque esto se relaciona de manera directa con la nuestra: la imagen de la familia se basa en una señal que ponen en las carreteras en Estados Unidos donde se ve a una familia de migrantes corriendo. Es muy fuerte… Y también el linchamiento es una figura muy dura porque es la justicia del pueblo, no de las instituciones ni de los gobiernos; es de la gente que la toma por sí misma, y eso se ha ido dando en México. Eso te habla de un Estado que no es fuerte, que se está disolviendo, de un Estado que no está, que no imparte justicia a todos. Y me parecía importante centrar esa metáfora en el Pabellón Nacional. Decir ‘sí somos un país, pero nuestro Estado ¿dónde está?’».

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El discurso de Amorales tiene que ver con la realidad nacional actual y también con su relación con el país, del que estuvo ausente 14 años. «Me fui de México porque estaba harto, pero en Holanda me empecé a cuestionar sobre mi identidad cultural y personal. Para sobrevivir a esos cuestionamientos necesitas ciertas máscaras, vivir una ambigüedad, porque por un lado quieres integrarte, pero por otro quieres ser diferente para integrarte. Y ahí empieza esa construcción. La máscara como concepto se volvió importante para mí allá, intentando encontrarme. Ni me quería volver 100% mexicano ni 100% holandés, así que la máscara era una interfase que me permitía estar en ambos lados y comunicarlos. Se convirtió en un tema constante en mi trabajo, no solo como objeto, sino como herramienta y como lenguaje. Al hacer las codificaciones de estos lenguajes ilegibles (que conforman La vida en los pliegues) en realidad enmascaro al lenguaje. Lo reconoces —ves su estructura y dices ‘esto es un poema’—, pero no puedes leerlo y entonces empiezan las preguntas: ¿qué me está diciendo? ¿contendrá algo que no debo leer? ¿dirá algo importante o cualquier tontería? Y esa tensión es importante».

 

 

 

 

 

Pero además de tensión, hay belleza. En esas formas ilegibles y en el extrañamiento que provocan, el espectador se encuentra con algo que, aunque no comprende, le resulta hermoso. Eso sí, no de una belleza simple y convencional, sino del tipo que más disfruta Amorales: «una belleza inasible que no acabas de entender, que se vuelve perturbadora. Siento que ese gusto tiene que ver con mi experiencia con México y con la forma de vivir en esta cultura que me encanta y que nunca acabo de dimensionar ni de entender».

La vida en los pliegues. Del 13 de mayo al 26 de noviembre.
 Pabellón Mexicano, El Arsenal, Venecia.

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