Power Dressing - L'Officiel
Moda

Power Dressing

Vemos mujeres firmes y poderosas sobre las pasarelas. Y ante un presente en el que el movimiento feminista debe redoblar su fuerza, celebramos el regreso del power dressing.
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La lucha de las mujeres por la equidad y el respeto ha sido larga y dolorosa. Hoy —en los albores del siglo XXI— lo sigue siendo. Durante cientos de años, el mal llamado «sexo débil», ha tenido que defenderse y expresar sus ideales y exigencias mediante un sinfín de maneras, algunas más duras o evidentes que otras, pero todas válidas y potentes: están las manifestaciones públicas masivas, fortalecidas gracias a las voces unidas de las multitudes y a las exigencias escritas en pancartas; está la publicación de libros, tratados y estudios; están los congresos, los observatorios ciudadanos, las charlas; está la acción cotidiana, la discusión… Y también está lo que se hace desde las industrias creativas: la música, las artes visuales y, por supuesto, la moda, porque la manera en la que nos vestimos —lo sabemos— nunca es un asunto de la casualidad.

Los elementos del power dressing ochentero, presentes esta temporada —las grandes hombreras del traje sastre de Jil Sander y las siluetas de espalda ancha de Balenciaga, por mencionar un par de ejemplos— aparecen en un contexto en el que solemos caminar de puntillas al hablar de problemas de género. Graves atropellos a los derechos de las mujeres han ocurrido en fechas recientes; hechos ante los cuales, el movimiento feminista ha tenido que redoblar sus ya de por sí grandes esfuerzos. Las mujeres deben recordar su poder interior y, desde su trinchera, la moda contemporánea propone hacerlo por medio de la vestimenta. Las evocaciones de «la ropa del éxito» que tanto impactó en los años 80, más que un homenaje o una revisión estética, son un discurso feminista entre telas.

De acuerdo a lo visto en las colecciones de esta primavera, pareciera que las mujeres de hoy —dispuestas a librar las batallas que vengan— recurren, como han hecho muchas veces, a la moda como una aliada.

 

Para leer los masculinos conjuntos que presentan Céline o Michael Kors esta temporada, es necesario regresar en el tiempo a los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial: a los «locos» años 20, cuando Gabrielle Chanel comenzó a incorporar prendas típicas de los hombres al guardarropa femenino. Su traje sastre con falda fue un punto de quiebre. Las mujeres podían vestirse como los hombres: más libres de movimiento, más ligeras y, por lo tanto, más aptas para trabajar. Podían verse como ellos y sí: hacer las mismas cosas que ellos. Esta innovación — rodeada por decenas de factores económicos, políticos y sociales— dio pie a experimentos como los que hicieron, en los años 30, los diseñadores Marcel Rochas y Elsa Schiaparelli —la eterna contrincante de Chanel—, quienes comenzaron a incluir las famosas hombreras en sus atuendos. Estas pequeñas almohadillas, que se usan para resaltar los hombros y que tienen tantos detractores, comenzaron desde entonces un largo y polémico camino en la historia de la moda, pero ya habían sido fieles compañeras de las mujeres que, en los años 40, buscaron abrirse camino entre las fuerzas de trabajo exclusivas de los hombres y que ellas debieron ocupar para sostener la economía durante la Segunda Guerra Mundial.


 

Como sucede siempre en la moda, la tendencia comenzó a perder fuerza ante la aparición de estilos opuestos, como el New Look de Dior, que puso fin a los hombros anchos y a «los uniformes de trabajo», dándole un respiro a las mujeres que habían vivido en la austeridad ornamental de la posguerra. Las siluetas en las que esta temporada se inspiran diseños como los de Stella McCartney, volvieron a verse solo hasta los años 80. Las mujeres comenzaron a ocupar puestos laborales cada vez más importantes. Poderosas figuras como Madonna y la primera ministra británica Margaret Thatcher —icono del power dressing— empezaron a retar al glass ceiling —el «techo de vidrio», metáfora de las limitaciones en apariencia «inexistentes» que han impedido a las mujeres acceder a los mismos puestos de liderazgo de los hombres—. Ante ello proliferaron decenas de manuales que explicaban cómo este estilo, que buscaba ganar igualdad y autoridad, era la fórmula perfecta «para ganar». Décadas después de su gestación, el power dressing había alcanzado su forma perfecta y se había ganado un nombre.

Los elementos típicos de este estilo han reaparecido en pasarelas desde 2007. Marc Jacobs lo intentó en Louis Vuitton y Ungaro, Martin Margiela y Balenciaga también hicieron lo suyo. Pero es hasta hoy que la tendencia se ha mostrado con más fuerza y aceptación. La silueta ancha, bien oriental, de Jacquemus, las blusas de mangas statement como las de Isabel Marant, Marni y Salvatore Ferragamo y la «ropa de trabajo» deconstruida de Monse y Ports 1961, lo comprueban. Es difícil hacer un diagnóstico definitivo, pero ante lo que hemos visto en las colecciones de esta primavera pareciera que las mujeres de hoy —dispuestas a librar las batallas que vengan— recurren, como han hecho muchas veces, a la moda como una aliada. Lo que ahora vemos nos recuerda tiempos que se sintieron victoriosos, una sensación que el género entero está luchando por revivir y ya jamás perder.

 

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