Joyería

Una atracción por los diamantes

Su esencia ilumina por completo a quien lo usa. Presentamos la historia de amor (a tiempos tormentosa) entre las mujeres y estas piedras preciosas.
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Una personalidad domina esta pregunta: Elisabeth Taylor. La actriz de ojos púrpura que Richard Burton aseguró que solo conocía una palabra en italiano, Bulgari. Una coleccionista apasionada por la Alta Joyería y por tener las piedras más preciosas. Cartier, Belperron, Bulgari y Van Cleef & Arpels tuvieron el privilegio de tener a Burton como un cliente frecuente. Recordemos que un corte que Harry Winston le vendió a Cartier lleva el nombre de los protagonistas de ese tumultuoso amor: el Burton-Taylor. La venta de 120 millones de euros que Christie’s realizó en 2011 ha sido la subasta de joyería más grande de la historia seguida por la que organizó Sotheby’s con las pertenencias de la Duquesa de Windsor. La de Wallis Simpson es otra historia de amor. La de una americana que hizo que el rey Eduardo VIII abdicara al trono de Inglaterra. La leyenda dice que fue Wallis quien le dio la idea a la hija de Alfred Van Cleef y Estelle Arpels de hacer un reloj que a simple vista pareciera una joya para cumplir con los protocolos donde las mujeres tenían prohibido llevar un reloj a ciertos eventos. Y si la historia nos ha demostrado que los diamantes son una buena forma para consolidar una relación entonces debemos incluir también a Grace Kelly, a Jacqueline Kennedy (quien recibió un diamante Lesotho de 601 quilates de Harry Winston como anillo de compromiso), Maria Callas y Barbara Hutton.

El inicio es una historia de hombres. Una historia que inicia con el reino de Golkonda en el corazón de India. Desde el inicio de los tiempos hasta las primeras horas del siglo XVII esta parte del mundo era la única fuente de diamantes para el mundo entero. Estas piedras se encontraron cerca del curso del agua y en ese momento muchos creyeron que crecían de la tierra como vegetales. Por mucho tiempo adornaron a las dinastías hindúes, mongoles y musulmanas más poderosas que no únicamente los preferían por su brillo sino por la dureza de la piedra. El nombre diamante viene del griego “adamas” (indomable) y confirma la importancia del material de la piedra por encima de su aspecto. Era un símbolo de masculinidad. En Europa, a pesar de que su comercio estaba controlado por la iglesia, el diamante era reservado para reyes que los llevaban en sus mejores coronas, colgantes o para decorar sus insignias. Una práctica que excluía a las mujeres.

 

La relación que une a esta piedra al “sexo débil”  empezó con el brillo de la misma. Algunos están familiarizados con la historia de Agnes Sorel a quienes algunos historiadores recuerdan como la primera amante de la realeza, un título inventado para ella. Sabemos también que ella inventó el escote con hombros descubiertos. Pero muy pocos saben que fue la primera mujer en Francia que recibió diamantes. Un suntuoso regalo de Carlos VII para indicar que ella era su favorita. El mundo tuvo que esperar hasta 1477 para que una duquesa de “sangre pura” finalmente tuviera acceso a un diamante. Fue el archiduque de Austria, Maximiliano Primero de Habsburgo quien le ofreció un anillo de diamantes a María de Borgoña como muestra de compromiso. Después de ella muchas mujeres de la monarquía recibieron piedras preciosas por parte de sus esposos o del tesoro real de la corona por herencia. En Francia, por ejemplo, la colección de “joyas de la corona” empezó con Francisco I en 1530. Las joyas podían ser usadas por las mujeres después de la muerte de su marido. En ese momento las mujeres no usaban diamantes como lo hacen ahora: como una especie de amuleto o muestra de amor y pasión. Sino como un reflejo de su absoluto poder en la sociedad. Justo como los hombres lo habían estipulado desde el inicio.

 

Pensemos en María de Medici quien fue dueña del Beau Sancy *(una piedra procedente de las minas de Brasil) o en la reina Isabel I, quien se rehusó a casarse y que cuando le ofrecieron el diamante Koh-I-Noor (cuya leyenda decía traer mala suerte a los hombres) la aceptó y especificó que la piedra solo podía ser usada por las esposas de los próximos soberanos. el deseo de la última Tudor se cumplió y en 1937 el diamante se colocó en la corona de la reina Isabel que puede ser vista en la colección de joyas exhibida en la Torre de Londres.

* El Beau Sancy se encuentra en la parte superior de la corona de María de Medici. Retrato de Pourbus.

La historia se vuelve más interesante en el siglo XIX. La Europa devastada por las guerras napoleónicas y la explotación de minas en India y Brasil convirtieron a los diamantes en piedras raras y extremadamente caras. Pero las muestras públicas de estas piedras ayudaron a que se popularizaran y se convirtieran en un negocio democrático. Pronto los diamantes dejaron las costumbres nobles para ser parte del bordado de un vestido o para ser una muestra de amor en anillos y collares.

Todo se aceleró en 1866 cuando un niño descubrió en una roca volcánica una piedra extraña que pasó de mano en mano hasta llegar a ojos de expertos que lo identificaron como un diamante. Se trataba del Eureka, un corte oval de 10.73 quilates. Una piedra de tamaño modesto que detonó el comercio en Sudáfrica y que estableció el inicio de la casa De Beers. No fue hasta 1947 con el eslogan “Un diamante es para siempre” inventado por la marca cuando que los diamantes se volvieron  un símbolo de romanticismo para todas las clases sociales. Nació la Alta Joyería y actualmente tenemos escuelas que se dedican a formar piezas. La de Van Cleef & Arpels en la Place Vendôme, por ejemplo, cuenta con cursos en joyería y relojería que han lanzado a profesionales gemólogos y relojeros. Por las tardes, el centro ofrece ocasionalmente pláticas para conocer el impacto de las joyas en la sociedad, en el arte o sobre un tema en específico como las esmeraldas del valle de Muzo. Quisimos comparar nuestro juicio a l conocimiento de estos expertos al preguntarles quienes consideran que son las mejores coleccionistas de diamantes.

Una personalidad domina esta pregunta: Elisabeth Taylor. La actriz de ojos púrpura que Richard Burton aseguró que solo conocía una palabra en italiano, Bulgari. Una coleccionista apasionada por la Alta Joyería y por tener las piedras más preciosas. Cartier, Belperron, Bulgari y Van Cleef & Arpels tuvieron el privilegio de tener a Burton como un cliente frecuente. Recordemos que un corte que Harry Winston le vendió a Cartier lleva el nombre de los protagonistas de ese tumultuoso amor: el Burton-Taylor. La venta de 120 millones de euros que Christie’s realizó en 2011 ha sido la subasta de joyería más grande de la historia seguida por la que organizó Sotheby’s con las pertenencias de la Duquesa de Windsor. La de Wallis Simpson es otra historia de amor. La de una americana que hizo que el rey Eduardo VIII abdicara al trono de Inglaterra. La leyenda dice que fue Wallis quien le dio la idea a la hija de Alfred Van Cleef y Estelle Arpels de hacer un reloj que a simple vista pareciera una joya para cumplir con los protocolos donde las mujeres tenían prohibido llevar un reloj a ciertos eventos. Y si la historia nos ha demostrado que los diamantes son una buena forma para consolidar una relación entonces debemos incluir también a Grace Kelly, a Jacqueline Kennedy (quien recibió un diamante Lesotho de 601 quilates de Harry Winston como anillo de compromiso), Maria Callas y Barbara Hutton.

 

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