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La aventura de ver

Los genios no mueren: dejan su obra. La muerte de Manuel Felguérez esta madrugada nos sirve para rendir un homenaje a una leyenda del arte mexicano a través de su propia voz.
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Retrato de Manuel Felguérez, 1972. Fotografía por Manuel Álvarez Bravo / Cortesía Archivo Manuel Álvarez Bravo.

Manuel Felguérez (Valparaíso, Zacatecas, en 1928) murió esta madrugada, a los 91 años de edad, en su casa de México. Precisamente, en el patio de su casa-taller ubicada al sur de la Ciudad de México, tuvimos la suerte de entrevistar a este genio que, como todos los grandes, jamás se tomó en serio a sí mismo. Escuchar a este pintor, escultor y muralista, uno de los pioneros del arte abstracto en México, líder de la llamada Generación de la Ruptura, que rompió con la tradición de sus mayores compuesta por vacas sagradas como Diego Rivera o Frida Kahlo —a quienes aquellos jóvenes rebeldes consideraban “una mujer fascinante, pero una pésima pintora”—, fue y es un privilegio. Su voz, ronca tras décadas de tabaco habano en su inseparable pipa, desgrana la historia del arte nacional de la mano de otra Historia, la que se escribe con mayúsculas, en medio de bromas más o menos inocentes cuya víctima no es otra que sí mismo.

¿En algún momento se planteó el arte como negocio?

Nunca; es más, toda la vida he pensado que si tratas de hacer negocio del arte deja de ser arte. Tengo murales de 30, 40 y 50 metros, pero nunca lo pensé como negocio. Casi todo pertenece al mundo del arte povera, porque si iba a hacer un mural de cien metros no había quien me pagara un bronce tan enorme. Yo proponía a la arquitecta: “te voy a poner un mural”. “No, eso es muy caro”. Y le preguntaba: “¿entonces qué vas a poner?”. “Mármol”. “¿A cuánto te cuesta el metro: a 160 metros? Yo te hago un mural por la mitad?”. Y me iban dando murales. Hice, por ejemplo, uno de cien metros de largo para un deportivo en que había alberca, así que metí algo marino: conchas de ostión. Andaba en todos los puestos recogiendo conchas y lavándolas con cal, también mucho de chatarra y de fierro viejo, que a veces me lo regalaban o lo compraba por kilo. Las cosas más raras, usando todos los materiales. Así sacaba yo para comer y para mis obreros, pero nunca pensé que me iba a hacer rico con eso. Después viví de dar clase: era maestro. Y siempre mi recomendación a mis alumnos fue que trabajaran, que se ganaran la vida para que pudiesen hacer arte. Lo contrario a lo que mucha gente piensa. Siempre encontré la manera de ganarme la vida con trabajos extras, dando clase o haciendo lo que fuera. Pero a veces lo que haces llama la atención y terminas haciendo un público, ganando un prestigio y, a medida que el prestigio llega, las cosas que antes hacías jugando ahora valen y se empiezan a vender. Entonces ya renuncié como maestro y me dediqué a esto. Pero para llegar a vivir del arte pasaron 50 años.

 

¿Se siente un referente del arte contemporáneo en México?

Nunca lo piensas, pero siempre lo quieres. Siempre quieres destacar, siempre te esfuerzas por ser muy bueno y sobre todo por hacer arte. Qué te digo, el chiste del arte es la parte que tiene de emoción. Es una aventura que empiezas con una cosa en blanco, que no sabes qué va a salir, donde pones esto y lo otro, que sale y que no sale; que cuando sale te mueres de gusto y cuando no sale te deprimes, pero es una lucha constante, es una emoción, es meterte en lo desconocido, siempre es un paso hacia lo desconocido, cuando ves que eso empieza a ser aceptado y se va creando un público que también lo quiere, para colmo, eso es lo máximo.

 

Celosía de Manuel Felguérez en el Museo Nacional de Antropología, 1964. Fotografía por Armando Salas Portugal /Cortesía Fundación Archivo Armando Salas Portugal.

¿Cómo empezó en el mundo del arte?

Parece una broma, pero me formé como boy-scout. Como scout hice mis primeros amigos, que hoy son escritores famosos; viajé por todo el mundo de país en país, pude ver los mejores museos porque eran gratis. Pero eso implicaba cierta idea gremial, siempre me gustó tener un grupo y me gustó ser un líder en el grupo. A lo largo de los años, en cada acontecimiento artístico que había en México —reuniones, pleitos, protestas, apoyos…— siempre me tocó estar metido en acción. Me fui haciendo muy amigo de los pintores de mi generación, de tal manera que en el 68 me tocó ser el representante de los pintores ante el Comité de Lucha de Intelectuales en apoyo de la huelga universitaria, hicimos algunas actividades, murales colectivos… Y yo siempre estaba en el centro. Después vinieron las Olimpiadas y el gobierno nos había invitado a organizar una gran exposición en Bellas Artes. Los artistas mexicanos les dijimos que no y formamos un gran salón independiente, porque en esa época de la rebelión estudiantil una de las frases de las que se quedan era la autogestión: para qué pedir cosas al gobierno si nosotros podemos hacerlas. Al final es eso: trabajar. Ese salón hizo mucha unión entre el grupo, siempre inventando cosas muy extrañas, pero siempre buscando la vanguardia.

 

¿Cuál es la clave para encontrar un estilo propio?

La no repetición también es un hábito. El artista que se repite deja de ser artista. Si le va bien se vuelve artesano, pero ya no es artista. El arte es creación, si es creación es invención. Salga bien, salga mal, tienes que ir siempre arriesgando, y si no hay riesgo no hay emoción, y si no hay emoción te aburres y para qué pintas. A veces rompo cosas o las transformo, la tiro y luego las recupero. Hasta ahorita, y tengo ya mil años, sigo encontrando nuevas opciones. Mi miedo es el miedo universal de todos: que ya no se me ocurra nada. ¿Y ahora qué hago? Ese acabarte mentalmente es la muerte, la de de veras. Y por lo tanto mi lucha es por conservarme a base de inventar, es como mi terapia. 

 

¿El arte es un oficio?

Lo es. Y con oficio inevitablemente terminas aprendiendo: empiezas como aprendiz y cuando ya medio sabes eres oficial y sin querer llegas a ser un maestro. Ni modo. Por ejemplo, eres muy joven y quieres hacer un color rojo que tienes en la cabeza. Sacas un tubo y le pones un poco de amarillo y, después, un toque de azul. Y acabas con una ola de color que no es el que quieres, desesperado, y cuando ya tienes oficio ya solamente agarras lo que necesitas (risas). El chiste es que el oficio también tienes que inventarlo como inventas los demás contenidos del arte. Al final, todo es inventar.

 

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Obra pictórica de Manuel Felguérez / Cortesía Museo Manuel Felguérez.

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